miércoles, 23 de noviembre de 2011

TODAS LAS SANGRES EN DEBATE. Científicos sociales versus críticos literarios. Dorián Espezúa Salmón


"En Todas las sangres en debate. Científicos sociales versus críticos literarios, Dorián Espezúa realiza una pormenorizada exégesis del encrespado debate paradójicamente caracterizado por la ausencia de diálogo. Esto sucedió por los puntos de vista de los cuatro científicos sociales, quienes –para simplificar las cosas– consideraban a Todas las sangres como "testimonio" de la realidad, como material "verista". Con frecuencia los científicos sociales fueron acompañados por José Miguel Oviedo (JMO) y Sebastián Salazar Bondy (SSB). El autor no solo considera en su análisis las discrepancias entre los "discursos" de SSB y JMO en Arequipa y en el Instituto de Estudios Peruanos, sino también la falta de coherencia entre lo que habían publicado SSB y JMO en la Revista de la Universidad de México y el texto –insolitamente de dos páginas– aparecido en el suplemento Dominical de El Comercio, respectivamente. Lo que hace de estos textos aún más importantes es que fueron publicados antes de la Mesa Redonda del Instituto de Estudios Peruanos.

Dorián Espezúa considera que los participantes en el debate –salvo Alberto Escobar– no tenían competencia teórico-crítico-vivencial para hablar del estatuto ficcional de la narrativa arguediana, lo que le impidió distinguir los diferentes tipos y grados de ficción. Pero esta glosa apenas si da cuenta de la riqueza de este imprescindible trabajo"

Tomás Escajadillo O'Connor

ECONOMIA MUNDIAL, INTEGRACION REGIONAL Y DESARROLLO SUSTENTABLE. Las nuevas tendencias y la integración latinoamericana. Theotonio Dos Santos. INFODEM (Instituto de Formación y Desarrollo Docente de la Derrama Magisterial)

REVISTA DE HISTORIA Y CULTURA "TIEMPOS" . Taller de Investigaciones Históricas-UNMSM. Octubre, 2011

OBRAS COMPLETAS VI. Alberto Flores Galindo. Casa de Estudios del Socialismo SUR


Alberto Flores Galindo,
(Lima: Sur, Casa de Estudios del Socialismo, 2007}.

Historia y Compromiso:
Un acercamiento a la obra de Alberto Flores Galindo
José Ragas

Pontificia Universidad Católica del Perú


Obras completas.Vol. VI. Escritos 1983-1990
www.ncsu.edu/project/acontracorriente

Review/Reseña
Esta nueva entrega de las Obras Completas de Alberto Flores
Galindo continúa el esfuerzo emprendido desde años atrás por reunir
los escritos de uno de los pensadores más influyentes en las ciencias
sociales del Perú y América Latina. Desde la aparición de estas Obras
Completas desde hace una década, los historiadores, al margen de nuestros credos políticos y preferencias académicas, no podemos estar sino agradecidos de que la copiosa producción de Flores Galindo se salve de la dispersión y nos sea devuelta en una notable edición anotada. El lapso compendiado entre 1983 y 1990, año en que muere a causa de un cáncer cerebral, encuentra a nuestro autor en su época de  conferencista, alterna estas actividades con la escritura de textos que envía indistintamente a diversas publicaciones.
cabe mencionarlo, desplegó sus inquietudes académicas a un ritmo que pocos historiadores podrían haber mantenido. Convertido en un
dínamo humano, 1983 marca el inicio de su estancia en Cuzco como
conferencista del Instituto de Pastoral Andina y su ingreso a Revista
Andina, convertida en una de las revistas más importantes de ciencias sociales de ese entonces gracias a su gestión (acababa de dejar la dirección de otra memorable publicación: Allpanchis). Hasta el último momento Flores Galindo estuvo en constante actividad y como muestra de su compromiso con el país se despidió con un texto conmovedor: su testamento político (“Reencontremos la dimensión utópica. Carta a los amigos”, 381-390), en el que, frente a lo inevitable, elabora un sereno
balance de lo que ocurre en el país y de cómo aun en medio de la
barbarie y la desesperanza es posible mantener la fe en el Perú.
En 1984 obtiene su doctorado en la EHESS de París y se apresta
a publicar su tesis bajo el título de Aristocracia y Plebe. Lima 1760-
1830 (1984), que sería su último libro orgánico pues su texto más 
celebrado, Buscando un inca. Identidad y utopía en los andes (1986),
era una colección de ensayos reunidos en torno a la idea que lo había
interesado por mucho tiempo: la existencia de un proyecto denominado la utopía andina...."

POBREZA EXTREMA Y EXCLUSION SOCIOCULTURAL EN EL PERU. Una mirada desde Chimbote. Pedro Jacinto Pazos


"Pedro Jacinto Pazos nos ofrece, en su estudio de los pobres extremos de Chimbote, un acercamiento novedoso al problema de la pobreza. Con métodos de la antropología y en especial, por medio de la investigación de la cultura de las personas clasificables como de pobreza extrema desdice a todos aquellos esfuerzos de agencias gubernamentales que abordan el problema simplemente como un problema de distribución de bienes básicos. El estudio busca una fundamentación teórica tanto en los clásicos de la antropología como en los diversos conceptos de pobreza utilizados especialmente desde los agentes que suponen que con sus acciones están limitando los efectos de la pobreza extrema en una población."

(Tomado de las palabras de presentación del libro)

LA GUERRA DEL PACIFICO. Aportes para repensar su historia. Vol. II (Chaupis, Colán, Rosario, Salazar Zapatero)


"Este segundo volumen ha incorporado temas tocados tangencialmente en el primer volumen, como fue el de la participación de Bolivia en la guerra, con esto se intenta buscar ampliar nuestras perspectivas geográficas de análisis, ello se observa en los trabajos de Marta Irurozqui, Heraclio Bonilla y José Chaupis Torres que abordan el tema desde diferentes ópticas. Los aspectos militares dejados un poco de lado en el primer volumen pero siempre importantes principalmente en una guerra han sido tomados en cuenta, así podemos destacar el ensayo de Jorge Ortíz Sotelo. La intención por indagar sobre las responsabilidades políticas de la guerra es el tema de investigación de Fernando Armas Asín quien toma como objeto de estudio a las tres fuerzas políticas más importantes en el contexto de la guerra: pradismo, civilismo, pierolismo"
(Tomado de la presentación del libro)


MARTES 25 DE DICIEMBRE DE 2007


Repensando la Guerra del Pacífico

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Artículo publicado en Perú21, martes 25 de diciembre de 2007

(ver ampliación abajo)

Ha sido publicado recientemente un libro muy valioso, de José Chaupis y de Emilio Rosario: La Guerra del Pacífico. Aportes para repensar su historia (Vol. I) (Lima, Línea Andina y UNMSM, 2007). Se trata de un libro que compila trabajos de varios historiadores que cuestionan, desde ángulos diversos, muchos de los sentidos comunes existentes sobre tema.

El construir una nueva mirada de la Guerra del Pacífico, más acorde con la realidad histórica, liberada de prejuicios y de falsos nacionalismos, es una tarea imprescindible. Un paso más en esa dirección debería ser, como los autores reconocen, avanzar en construir historias en común que nos ayuden a entender los puntos de vista de los grupos involucrados, paso necesario para evitar malos entendidos, y superar las visiones "oficiales" de cada país.

Nuestro país ha desarrollado una narrativa según la cual perdió la guerra por ser atacado pérfidamente por un enemigo malvado, que se preparó convenientemente para la agresión; siendo el Perú un país noble y victimizado, que resistió heroicamente, pero que nada pudo hacer frente a la superioridad bélica del enemigo. Una versión de izquierda de este mismo libreto resalta el hecho de que fue el pueblo el verdadero protagonista de la resistencia al invasor, y no unas élites "dominantes" que habían traicionado su deber histórico de ser clase "dirigente". Chile ha construido una versión nacionalista según la cual venció como consecuencia de ser un país más "civilizado", más integrado social y políticamente, a diferencia de sus adversarios, sumidos en incesantes conflictos internos. Llama la atención cómo ambos discursos empalman casi perfectamente.

Sin embargo, ninguna de esas dos versiones es correcta. No es cierto que el Perú fuera una víctima inerme; tampoco que las élites no hayan tenido ningún proyecto; tampoco que hayan desertado cobardemente en medio de la guerra. Tampoco es cierto que Chile haya sido un país integrado y sin conflictos antes de la guerra. En realidad, Perú y Chile no eran países diferentes en esencia; a lo sumo, Chile había avanzado un poco más por un camino que el Perú estaba empezando a transitar.

Me llama la atención cuán vigentes están los estereotipos con los que miramos a Chile, originados en estas visiones oficiales de la Guerra del Pacífico. Algunos creen hoy que Chile es una potencia imperialista que está avasallando a sus vecinos gracias a la complicidad de nuestras élites empresariales. De lo que se deduce un falso nacionalismo de supermercado que ojalá se expresara de otras formas, más genuinas, consecuentes y necesarias. En realidad, nuestros países se parecen mucho más y comparten muchos más problemas de lo que parece, y tenemos mucho que aprender y beneficiarnos unos de otros.


AMPLIACIÓN:

Aquí algunas citas del libro de Simon Collier y William F. Sater,A History of Chile, 1808-1994. Cambridge University Press, 1996. Esto para reforzar la crítica a los mitos de la versión oficial chilena, que absurdamente algunos comparten aquí:

"Pinto had good reasons to hesitate before involving Chile in a war with its northern neighbors. Years of budget-cutting had deprived the Army of one-fifth of its men; the Navy had decommissioned warships; the territorial reserve, the Guardia Nacional, had shrunk in size by more than two-thirds. Chileans now faced two enemies whose combined armed forces outnumbered them two to one. Equipped with outmoded weapons (which posed more danger to the user than the prospective target), lacking medical and supply corps, the Army was now called upon to fight a war far from the country's heartland, and without decent lines of communication" (p. 129).

"In November 1879 Escala's troops landed in Pisagua, in the Peruvian province of Tarapacá. The assault, while successful, was not without its flaws: an error of navigation put the fleet off course, and the officer in charge of the invasion botched the landing. But the Chileans emerged as paragons of military virtue in comparison with their opponents" (p. 132).

“Chile’s armed forces in1879 were both small in size and poorly equipped. Moreover, too many officers owed their ranks to political connections rather than to technical proficiency” (p. 137).

“When the first rush of patriotic enlistments tapered off, the armend forces resorted to impressment. Although this was clearly illegal, public official tolerated (and in some cases even encouraged) such activities as long as the recruiters confined themselves to dragooning the town drunk, the petty criminal, or the vagant. Eventually, however, the military began to seize respectable peasants, artisans, and miners. ‘It is a curious illustration of democratic equality and republican freedom’, noted one journalist, ‘to force Juan, who owns not a cent, to fight in defence of Pedro’s property, while the latter declines to raise an arm himself, because he is not so poor as his fellow citizen’” (p. 137).

“The Chilean soldier suffered almost as much at the hands of his government as the enemy. Since the Army had economized by abolishing its medical corps, the military had neither the staff nor the facilities to care for the wound or the sick” (p. 138).

“A contrast is usually drawn between Chile’s institutional continuity during the war and the political upheavals that occurred both in Bolivia and Peru. There is little doubt, however, that the Chilean political system was strained by the depression of the 1870s... as already noted, the border dispute with Argentina provoked anti-government rioting in 1878, and rioting again threatened to erupt in early in 1879. The most dangerous such episode occurred after the capture of the Rimac, when the government had to call in troops to subdue demonstrations. Had Chile experienced another serious military reverse soon afterward, Pinto might have suffered the same fate as his Bolivian and Peruvian counterparts, Daza and Prado.
“At the level of the Congress, the outbreak of hostilities by no means stopped partisan bickering...” (p. 144).

OTRA AMPLIACIÓN, 26 DE DICIEMBRE.

Más citas sobre Chile. A continuación extractos del capítulo sobre Chile de Harold Blakemore, en Leslie Bethell, ed., Historia de América Latina, vol. 10, América del Sur, c 1870-1930(1986). Barcelona, Crítica, 1992.

" (...) Así, hacia 1870, la madurez política, la responsabilidad en asuntos financieros y la ordenada evolución, fueron consideradas internacionalmente como el sello distintivo de Chile, dentro del contexto de un continente un tanto desordenado. Unicamente Brasil podía competir con Chile en la estima internacional.
Sin embargo, la década de 1870 fue una desilusión. El comienzo de la depresión del comercio internacional golpeó duramente a Chile como productor de materias primas, y las disputas políticas internas entre los diferentes partidos amenazaban su orgullosa tradición de continuidad de gobierno" (p. 158).

"(...) El resultado fue la guerra del Pacífico, precisamente en un momento en que Chile no estaba preparado para ella, ni ni política ni económicamente. Sin embargo, dio la casualidad de que, a pesar de su falta de preparación, debilidad económica e incertidumbre política, -sin contar el deplorable estado de sus fuerzas armadas- la guerra pareció meticulosamente preparada en comparación con sus adversarios (...)
de un país sobre el que se cernía el abismo de la desintegración política y el colapso económico en 1879, emergió en 1883 un Chile con unas perspectivas transformadas (...) Chile se aseguró una superficie de territorio nacional no inferior a un tercio de su extensión original... riqueza en minerales que supondría, grosso modo, la mitad de los ingresos gubernamentales para los próximos cuarenta años" (p. 160)

(Tomado del blog de Martín Tanaka)

TEMPESTAD EN LOS ANDES DE Luis E. Valcárcel (Nueva edición)


Después de habernos dado en sus obras "De la Vida Inkaika" y "Del Ayllu al Imperio" una interpretación esquemática de la historia d el Tawantinsuyo, Luis E. Valcárcel nos ofrece en este libro una visión limitada del presente autóctono. Este libro anuncia "el advenimiento de un mundo", la aparición del nuevo indio. No puede ser, por consiguiente, una crítica objetiva, un análisis neutral; tiene que ser una apasionada afirmación, una exaltada protesta.
Valcárcel percibe claramente el renacimiento indígena porque cree en él. Un movimiento histórico una gestación no puede ser entendido, en toda su trascendencia, sino por los que luchan por que se cumpla. (El movimiento socialista, por ejemplo, solo es comprendido cabalmente por sus militantes. No ocurre lo mismo con los movimientos ya realizados. El fenómeno capitalista no ha sido entendido y explicado por nadie tan amplia y exactamente como por los socialistas).

La empresa de Valcárcel en esta Obra, si la juzgamos como la juzgaría Unamuno, no es de profesor sino de profeta. No se propone meramente regisstrar los hechos que anuncian o señalan la formación de nueva conciencia indígena, sino traducir su íntimo sentido histórico, ayudando a esa conciencia indígena a encontrarse y revelarse a sí misma. La interpretación, en este caso, tal vez como en ninguno, asume el valor de una creación.

"Tempestad en los Andes" no se presenta como una obra de doctrina ni de teoría. Valcárcel siente resucitar la raza keswa. El tema de su obra es esta resurrección. Y no se prueba que un pueblo vive, teorizando o razonando, sino mostrándolo viviente. Este es el procedimiento seguido por Valcárcel, a quien, más que el alcance o la vía del renacimiento indígena, le preocupa documentarnos su evidencia y su realidad.

La primera parte de "Tempestad en los Andes" tiene una entonación profética. Valcárcel pone en su prosa vehemente la emocion y la idea del resurgimiento inkaiko. No es el Inkario lo que revive; es el pueblo del Inka que, después de cuatro siglos de sopor, se pone otra vez en marcha hacia sus' destinos. Comentando el primer libro de Valcárcel yo escribí que ni las conquistas de la civilización occídental ni las consecuencias vitales de la colonia y la república, son renunciables.* Valcárcel reconoce estos límites a su anhelo.

En la segunda parte del libro, un conjunto de cuadros llenos de color y movimiento nos presenta la vida rural indigena. La prosa de Valcárcel asume un acento tiernameate bucólico cuando evoca, en sencillas estampas, el encanto rústico del agro serrano. El panfletario vehemente reaparece en la descripción de los "poblachos mestizos", para trazar el sórdido cuadro del pueblo parasitario, anquilosado, cancetoso, alcohólico y carcomido, donde han degenerado en un mestizaje negativo las cualidades del español y del indio.
En la tercera parte asistimos á los episodios característicos del drama del indio. El paisaje es el mismo, pero sus colores y sus voces son distintos. La sierra geórgica de la siembra, la cosecha y la kaswa se convierte en la sierra trágíca del gamonal y de la mita. Pesa sobre los ayllus campesinos el despotismo brutal del láfundista, del kelkere y del gendarme.

En la cuarta parte, la sierra amanece grávida de esperanza. Ya no la habita una raza unánime en la resignación y etrenunciamiento. Pasa por la aldea y el agro serranos una ráfaga insólita. Aparecen los "indios nuevos": aquí el maestro, el agitador; allá el labriego, el pastor, que no son ya los mismos que antes. A su advenimienso no ha sido extraño el misionero adventista, en la aparición de cuya obra no acompaño sin prudentes reservas a Valcárcel por una razón: el carácter de avanzadas del imperialismo anglo-sajón que, como lo advierte Alfredo Palacios, pueden revestir estas misiones. El "nuevo indio" no es un ser mítico abstracto, al cual preste existencia solo la fé del profeta. Lo sentimos viviente, real, activo, en las estancias finales de esta "película serrana", que es como el propio autor define a su libro Lo que distingue al "nuevo indio" no es la instrucción sino el espíritu. (El alfabeto no redime al indio.) El "nuevo indio" espera. Tiene una meta. He ahí su secreto y su fuerza. Todo lo demás existe en él por añadidura. Así lo he con, ocido yo también en más de un mensajero de la raza venido a Lima. Recuerdo el imprevisto e impresionante tipo de agitador que éncontré hace cuatro años en el indio puneño Ezequiel Urviola. Este encuentro fué la más fuerte sórpresa que me reservó el Perú a mi regreso de Europa. Urviola representaba la primera chispa de un incendio por venir. Era el indio revolucionario, el indio socialista. Tuberculoso, jorobado, sucumbió al cabo de dos años de trabajo infatigable. Hoy no importa ya que Urviola no exista. Basta que haya existido. Como dice Valcárcel, hoy la sierra está preñada de espartacos.

El "nuevo indio" explica e ilustra el verdadero carácter del indigenismo que tiene en Valcárcel uno de sus más apasionados evangelistas. La fé en el resurgimiento indígena no proviene de un proceso de "occidentalización" material de la tierra keswa. No es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista. La esperanza indígena es absolutamente revolucionaria. El mismo mito, la misma idea, son agentes decisivos del despertar de otros viejos pueblos, de otras viejas razas en colapso: hidúes, chinos, etc. La historia universal tiende hoy como núnca a regirse por el mismo cuadrante. ¿Por qué ha de ser el pueblo inkaiko, que construyó el más desarrollado y armónico sistema comunista, el único insensible a la emoción mundial? La consanguinidad del movimiénto indigenista con las corrientes revolucionarias mudiales es demasiado evidente para gue precise documentarla. Yo he dicho ya que he llegado al entendimiento y a la valoración justa de lo indígena pot la vía del socialiamo. El caso de Valcárcel demuestra lo exacto de mi experiencta personal. Hombre de diversa formación inteléctual, influido por sus gustos tradicionalistas, orientado por didtinto género de sugestiones y estudios, Valcárce; resuelve políticamente su indigenismo en socialismo. En este libro nos dice, entre otras cosas, que "el proletariado indígena espera su Lenin". No sería diferente el lenguaje de un marxista.

La reivindicación indígena carece de concreción histórica mientras se mantiene en un plano filosófico o cultural. Para adquirirla -esto es para adquirir realidad, corporeidad,- necesita convertirse en reivindicación económica y política. El socialismo nos ha enseñado a plantear el problema indígena en nuevos términos. Hemos dejado de considerarlo abstractamente como problema étnico o moral para reconocerlo concretamente como problema social, económico y político. Y entonces, lo hemos sentido, por primera vez, esclarecido y demarcado.

Los que no han roto todavía el cerco de su educáción liberal burguesa, y, colocandose en una posición abstractista y literaria, se entretienen en barajar los aspectos raciales del problema, olvidan que la política y, por tanto la economía lo dominan fundamentalmente. Emplean un lenguaje pseudoidealista para escamotear la realidad disimulándola bajo sus atributos y consecuencias. Oponen a la dialéctica revolucionaria un confuso galimatías crítico, conforme al cual la solución del problema indígena no puede partir de una reforma o hecho político porque a los efectos inmediatos de éste escaparía una compleja multitud de costumbres y vicios que solo pueden transformarse a través de una evolución lenta y normal.

La historia, afortunadamente, resuelve todas las dudas y desvanece todos los equívocos. La conquista fué un hecho político. Interrumpió bruscamente el proceso autónomo de la nación keswa, pero no implicó una repentina sustitución de las leyes y costumbres de los nativos por las de los conquistadores. Sin embargo, ese hecho político abrió, en todos los órdenes de cosas, así espirituales como materiales, un nuevo período. El cambio de régimen bastó para mudar desde sus cimientos la vida del pueblo keswa. La Independencia fué otro hecho político. Tampoco correspondió a una radical transformación de la estructura económica y social del Perú; pero inauguró, no obstante, otro período de nuestra historia, y si no mejoró prácticamente la condición del indígena, por no haber tocado casi la infraestructura económica colonial, cambió su situación jurídica, y franqueó el camino de su emanpación política y social. Si la República no siguió este camino, la responsabilidad de la omisión corresponde exclusivamente a la clase que usufructuó la obra de los libertadores tan rica potencialmente en valores y principios creadores.
El problema indígena no admite ya la mistificación a que perpetuamente lo han sometido una turba de abogados y literatos, consciente o inconscientemente mancomunados con los intereses de la casta latifundista. La miseria moral y material de la raza indígena aparece demasíado netamente como una simple coñsecuencia del régimén económico y social que sobre ella pesa desde hace siglos. Este régimen, sucesor de la feudalidad colonial, es el gamonalismo. Bajo su imperio, no se puede hablar seriamente de redención del indio.

El término gamonalismo no designa solo una categoría social y económica: la de los latifundistas o grandes propietarios agrarios. Designa todo un fenómeno. El gamonalismo no está representado solo por gamonales propiamente dichos. Comprende una larga jerarquía de funcionarios, íntermediarios, agentes, parásitos, etc. El indio alfabeto se transforma en un explotador de su propia raza porque se pone al servicio del gamonalismo. El factor central del fenómeno es la hegemonía de la gran propiedad semifeudal en la política y el mecanismo del Estado. Por consiguiente, es sobre este factor sobre el que se debe actuar si se quiere atacar en su raiz un mal del cual algunos se empeñan en no contemplar sino las expresiones episódicas o subsidiarias.

Esa liquidación del gamonalismo, o de la feudalidad, podía haber sido realizada por la república dentro de los principios liberales y capitalistas. Pero por las razones que llevo ya señaladas en otros estudios, estos principios no han dirigido efectiva y plenamente nuestro pro- ceso histórico. Saboteados por la propia clase encargada de aplicarlos, durante más de un siglo han sido impotentes para redimir al indio de una servidumbre que constituía un hecho absolutamente solidario con el de la feudalidad. No es el caso de esperar que hoy, que estos principios están en crisis en el mundo, adquieran repentinamente en el Perú una insólita vitali- dad creadora.

El pensamiento revolucionario, y aún el reformista, no puede ser ya liberal sino socialista. El socialismo aparece en nuestra historia nó por una razón de azar, de imitación o de moda, como espíritus superficiales suponen, sino como una fatalidad histórica. Y sucede que mientras, de un lado, los que profesamos el socialismo propugnamos lógica y coherentemente la reorganización del país sohre bases socialistas y, -constatando que el régimen económico y político que combatimos se ha convertido gradualmente en una fuerza de colonización del país por los capitalismos imperialistas extranjeros, -proclamamos que este es un instante de nuestra historia en que no es posible ser efectivamente nacionalista y revolucionario sin ser socialista; de otro lado no existe en el Perú, como no ha existido nunca, una burguesía progresista, con sentido nacional, que se profese liberal y democrática y que inspire su política en los postulados de su doctrina. Con la excepción única de los elementos tradicionalmente conservadores, no hay ya en el Perú, quien con mayor o menor sinceridad no se atribuya cierta dosis de socialismo.
Mentes poco críticas y profundas pueden supozier que la liquidación de la feudalidad es empresa típica y específicamente liberal y burguesa y que pretender convertirla en función socialista es torcer romántícamente las leyes de la historia.

Este criterio simplista de teóricos de poco calado, se opone al socialismo sin más argumento que el de que el capitalismo no ha agotado su misión en el Perú. La sorpresa de sus sustentadores será extraordinaria cuando se enteren de que la función del socialismo en el gobierno de la nación, según la hora y el compás histórico a que tenga que ajustarse, será en gran parte la de realizar el capitalismo, -vale decir las posibilidades históricamente vitales todavía del capitalismo, -en el sentido que convenga a los intereses del progreso social.
Valcárcel que no parte de apriorismos doctrinarios, -como se puede decir, aunque inexacta y superficialmente de mí y los elementos que me son conocidamente más próximos de la nueva generación, -encuentra por esto la misma vía que nosotros a través de un trabajo natural y espontáneo de conocimiento y penetración del problema indígena. La obra que ha escrito no es una obra teórica y crítica. Tiene algo de evangelio y hasta algo de apocalipsis. Es la obra de un creyente. Aquí no están precisamente los principios de la revolución que restituirá a la raza indígena su sitio en la historia nacional; pero aquí están sus mitos. Y desde que el alto espíritu de Joreg Sorel, reaccionando contra el mediocre positivismo de que estaban contagiados los socialistas de su tiempo, descubrió el valor perenne del Mito en la formación de los grandes movimientos populares, sabemos muy bien que éste es un aspecto de la lucha que, dentro del más perfecto realismo, no debemos negligir ni subestimar.

"Tempestad en los Andes" llega a su hora. Su voz herirá todas las conciencias sensibles. Es la profesía apasionada que anuncia un Perú nuevo. Y nada importa que para unos sean los hechos los que crean la profesía y para otros sea la profesía la que crea los hechos.

José Carlos MARIATEGUI