lunes, 14 de julio de 2014

LA EXPEDICION LIBERTADORA. Colección Documental de la Independencia del Perú. Comisión Nacional de Bicentenario de Sequicentenario de la Independencia del Perú



LA EXPEDICIÓN LIBERTADORA DE SAN MARTÍN: DE VALPARAISO A PARACAS

La expedición zarpó finalmente el 20 de agosto de1820, y atracó en Paracas el 7 de septiembre de 1820. 

La Expedición Libertadora inicia su viaje de Valparaíso (Chile) el 20 de agosto de 1820. Trae en sus filas a soldados de las hermanas repúblicas de Argentina y Chile (más de 4000 soldados pertenecientes a las armas de infantería, artillería y caballería) y 16 navíos comandados por Cochrane.

El 8 de setiembre de 1820, después de diecisiete días de navegación, fondean en la bahía de Paracas, en las vecindades de Pisco (departamento de Ica-Perú).

El ejército desembarcó el 8 de setiembre de 1820 y avanzó sobre el pueblo de Pisco.


Ese mismo día, San Martín lanzó la proclama al ejército libertador estableciendo a su vez severas sanciones, para evitar cualquier exceso que se pueda cometer en tierras peruanas (algunas de estas sanciones llegaban hasta la pena de muerte).

Además, entre otras cosas, expresaba que la Constitución promulgada por las Cortes de Cádiz en 1812 no solucionaba el deseo americano de independizarse del dominio español. Agregaba que el Virrey Pezuela usaba esa Constitución para ocultar sus verdaderos propósitos de perpetuación del antiguo régimen, del mismo modo que el Virrey Abascal, llegó a engañar cuando anunció reformas que nunca se produjeron.

Finalizaba expresando: "En todos los puntos que ocupe el Ejército Libertador, o estén bajo su inmediata protección, han fenecido de hecho las autoridades puestas por el gobierno español".


NRMQ

Tomado de: http://nestorhistoriaperu.blogspot.com/2011/08/la-expedicion-libertadora-de-san-martin.html

MEMORIAS, DIARIOS Y CRONICAS. Colección Documental del Independencia del Perú. Comisión Nacional del Bicentenario de la Indepedencia del Perú


BOLIVAR. Libertador y enemigo No. 1 del Perú. Herbert Morote. Campodonico Editores



Bolívar: Libertador y enemigo del Perú

de tinta y papel
Luis Ordóñez Sánchez
columnista
El doctor Herbert Morote nos regala la magnífica obra “Bolívar: Libertador y enemigo n° 1 del Perú”. Claro, para el común de los peruanos, el título de la obra provoca reacción natural, porque ¿Cómo puede el Libertador Simón Bolívar ser considerado enemigo n° 1 del Perú, si es el libertador del yugo español? El contenido de la obra desgrana de manera progresiva el real comportamiento del libertador.
El doctor Morote nos indica primero que “Sin Bolívar el Perú no se hubiera independizado el año 1824”; sin embargo, también afirma la contraparte “Pero sin él, el Perú hubiera sido más grande (En territorio) y fuerte”. “Sin Bolívar nuestra independencia hubiera demorado unos años. Con Bolívar nuestras pérdidas fueron irrecuperables. En solo quince meses Bolívar logró la victoria contundente que puso fin a trescientos años de colonialismo. Pero, la premura por independizarnos el año 1824 nos costó, entre muchas cosas, la pérdida de más de la mitad del territorio nacional ¿Ha habido otro país latinoamericano que haya pagado por su independencia más de un millón cien mil kilómetros cuadrados? Bolívar no se contentó con despojarnos de Guayaquil y el Alto Perú (Bolivia), también pretendió apoderarse de Jaén y Maynas, y regalar a Bolivia la costa desde Tacna a Antofagasta”
Quien se despoja tan fácilmente de un territorio que no es suyo, realmente es enemigo n° 1, porque da un terreno que no le costó y no siente nada. La historia dice que Bolívar ya pretendió entregar al gobierno británico (1815) “Las provincias de Panamá y Nicaragua, para que forme de éstos países el centro del comercio del universo”. Bolívar pretendió y consiguió ser “Presidente Vitalicio” del Perú, a fin de hacer lo propio con Venezuela, Colombia y Bolivia y tener hegemonía sobre éstos países. Tenía ambición de desplazar a San Martín como Libertador del Perú, luego de sus triunfos en Venezuela y Colombia.
Pero, el pago por la independencia del Perú fue mucho más que el desmembramiento del territorio. Bolívar “Hizo atropello constante a la Constitución. Mancilló al parlamento. Traicionó a la población indígena. Restauró la esclavitud. Dejó un mal ejemplo de caudillaje militar”
“Desde la llegada de San Martín, el ejército del virreinato español se defendía acorralado en las inhóspitas cumbres de los andes. Argentina, Chile, Ecuador, Colombia y Venezuela, no podían consolidar su independencia sin acabar con la amenaza del ejército realista del Perú” “Durante 14 años los españoles habían defendido exitosamente el virreinato del Perú; pero en 1824 habían perdido contacto con España”
“Bolívar necesitada primero pasar por Quito, que estaba en manos españolas. Para eso la mejor manera de atacar ese baluarte colonial era desde Guayaquil y de paso apoderarse de ese puerto prácticamente controlado por Perú desde tiempos muy remotos. Es así como las tropas comandadas por Sucre llegaron en mayo de 1821 a Guayaquil sin que San Martín se opusiera”. En la batalla de Pichincha, en el norte, se derrota a los españoles; luego en la batalla de Ayacucho se liquida la ocupación colonialista de los españoles”. Hombres de Venezuela, Ecuador, Colombia, Argentina y Perú lucharon por la libertad del yugo español.
De aquí arranca otra historia. El libertador pretendía ser Presidente vitalicio de todos estos países, con manejo de las economías sin obligación de rendir cuentas a nadie, de disponer de un sucesor en la presidencia a quien él quisiese, de designar en los cargos de los gobiernos a las personas que estarían bajo sus órdenes. Sin embargo, la presión de los pueblos, de estar trescientos años sin libertades, ha hecho que el vapor abra la tapa de la olla a presión con violencia, “por eso Bolívar al morir no dejó ni herederos ni herencia, solo burdos imitadores y caos”.

EL ESTUDIO DE CASOS. José Flores Barboza


TEJIDO DE SUEÑOS. Imágenes y fiestas andino. Fondo Editorial del Congreso del Perú


QAYNA, KUNAN, PAQARIN. Roberto Zariquiey - Gavina Córdova. Fondo Editorial PUC


ENSAYO SOBRE LA LIBERTAD. Suart Mill. Fontana



Ensayo sobre la libertad de John Stuart Mill

En este ensayo, el objetivo del filósofo y economista inglés John Stuart Mill, es explícitamente el de establecer la naturaleza y los límites del poder que puede ser ejercido legítimamente por la sociedad sobre el individuo. 

Para Stuart Mill, los hombres en las naciones habían pasado de buscar limitar el poder de sus gobernantes a convertirlos en defensores y delegados de la voluntad de la nación; sin embargo, esto no implicaba un olvido total del límite que se le había de exigir tanto a los gobiernos (incluida la llamada “tiranía de la mayoría”) como a la sociedad entera respecto a los individuos. Mill establece que existen ciertos derechos humanos inalienables y uno de ellos es la libertad; nadie tiene derecho a turbar la libertad de acción del hombre, salvo en casos especiales de defensa propia o para impedir que un miembro de la comunidad dañe a otros.

El hombre es independiente y soberano sobre su cuerpo y su espíritu (excepto los menores de edad y la gente que padece sus facultades mentales). Sólo se le puede obligar a actuar cuando es en beneficio de los demás y en caso de no cumplir podrá ser castigado. Es responsable, ante los individuos y ante la sociedad, si hace el mal; pero también lo es si pudiendo evitarlo, no lo hace.

Mill enuncia las principales libertades del hombre que, al no implicar a terceros, no le conciernen a la sociedad sino solamente al individuo. Estas libertades son: de conciencia, de pensar y sentir, de opiniones y sentimientos, de expresar y publicar opiniones, de gustos e inclinaciones, de organizar la propia vida, de hacer lo que plazca (aceptando las consecuencias) y de asociación con cualquier fin (mientras no sea con engaño y sean mayores de edad los asociados). Una sociedad no será realmente libre si estas libertades no son respetadas en forma absoluta. Stuart Mill hace aquí una de las observaciones más importantes sobre el mundo: existe en él una tendencia a aumentar la fuerza de la sociedad y reducir la del individuo.

Defiende la libertad de opinión y de pensamiento. Ni el pueblo por sí mismo ni su gobierno tienen derecho a coaccionar la opinión, sea ésta falsa o verdadera; el único deber del gobierno es formar formas de pensar que se ajusten a la verdad. Mill considera que las penas legales que restringen la libertad de expresión han disminuido, pero en cambio han dado lugar a estigmas sociales, los cuales resultan igualmente útiles y no son sino retazos y restos de las persecuciones, principalmente religiosas que atravesó Europa.

Stuart Mill enuncia cuatro motivos principales por los cuales se debe defender la libertad de expresión: 1) Condenar al silencio una opinión que puede ser verdadera, supondría considerarnos infalibles y poseedores de la certeza absoluta, lo cual no es posible. 2) Una opinión equivocada puede contener algo de verdad, la cual sólo puede ser conocida totalmente por el contraste. 3) Una opinión verdadera que se sigue discutiendo no se convierte en prejuicio sino que se mantiene vigorosa y se comprenden sus fundamentos. 4) Al dejar de discutir una opinión se puede perder su sentido profundo y su efecto vital sobre el carácter.

Posteriormente, Mill se refiere a la importancia de la individualidad. La libertad del individuo sólo puede ser limitada en los casos en los que afecte a sus semejantes y la individualidad debe afirmarse en todos los asuntos que no atañen a los demás. La personalidad y la diversidad de caracteres debe ser desarrollados ya que vuelve más valiosa y plena la vida, tanto individual como colectivamente. Mill considera como una tendencia general en el mundo el hacer de la mediocridad la potencia dominante entre las personas. Sugiere un menosprecio a las costumbres tradicionales al considerar que su aceptación ciega implica un abandono de ciertas facultades como el juicio o el discernimiento y propone que partir de ese rechazo se creen mejores modos de obrar y costumbres más dignas. Esto a pesar de que la orientación de la opinión pública se dirige hacia la intolerancia de toda forma de individualidad.

Retomando a Guillermo de Humboldt, enuncia las dos condiciones necesarias para el desarrollo humano y, por tanto, de la individualidad: 1) La libertad. 2) Variedad de situaciones. Las tendencias a leer, escuchar y ver lo mismo; tener las mismas esperanzas, derechos y libertades; una expansión de la educación y el progreso de los medios de comunicación y el Estado, entro otros factores, terminan por establecerse como enemigos de la individualidad. El riesgo está en que la humanidad sea incapaz de comprenderla al perder el hábito de verla.

Para Mill, no existe un contrato social y tampoco las llamadas obligaciones sociales que se desprenden de él; sin embargo, lo que sí existe es una protección que brinda la sociedad al individuo y éste tiene que responder a ella de dos formas: 1) No perjudicando los intereses y derechos del prójimo. 2) Tomando pararte en los trabajos y sacrificios para defender a la sociedad y sus miembros. La sociedad tiene el derecho de imponer estas obligaciones así como de castigar cuando no se cumplen; incluso a veces puede censurar y castigar con la opinión, pero su poder no debe ir más allá en lo que no le incumbe. Puede y debe sugerir cosas para el actuar y la educación de sus miembros con el fin de evitar futuros problemas, pero debe darle preeminencia a la libertad individual y la responsabilidad que ella misma tiene sobre sus actos. Uno de los mayores peligros de la intervención pública en la conducta personal es que lo hace sin medida y fuera de contexto. Y este tipo de intervención, para Mill, se ha convertido en una tendencia universal.

Mill retoma de nuevo las dos máximas principales de su ensayo: El primero: la persona no tiene derecho a rendir cuentas a nadie mientras no afecte los intereses del otro; el segundo: el consejo, la instrucción, la persuasión y el aislamiento social son los únicos medios legítimos que tiene  la sociedad sobre el actuar individual. El gobierno debe evitar el crimen antes de que se cometa y sólo en casos excepcionales podrá ejercer un uso legítimo de la violencia para evitar un mal no deseado. Pero sus atribuciones serán tan pocas que ni siquiera deberá imponer restricciones en el comercio, dejando este campo al libre intercambio. De la misma forma el Estado tendrá la menor participación posible dentro de la industria, dejándosela a particulares. Cuando sea necesario, impondrá impuestos como medio de restricción al consumo y los efectos de ciertos artículos, pero habrá de tomar en cuenta cuáles son los artículos más prescindibles en una sociedad. 

En cuestión de educación, Mill hace algunas observaciones importantes. Considera que el gobierno debe agotar las posibilidades de educar a las clases obreras y gobernarlas como si fuesen clases libres. Pero deberá exigir e imponer cierta educación a la totalidad de sus ciudadanos, limitándose a ayudar económicamente a quienes no dispongan de los medios necesarios para dar esa educación a sus hijos. Esta educación la podrán recibir donde y con quienes les plazca, pues el Estado no deberá tener el control de ella ni el poder de impartirla. Cualquier esfuerzo del Estado por influir en la educación y el pensar de sus ciudadanos es particularmente nocivo.

Finalmente, Mill recalca que ni siquiera en esos ámbitos en los que el Estado puede intervenir sin violar la libertad de los individuos es deseable su participación. Argumenta las siguientes razones: 1) Hay cosas que el individuo puede hacer mejor. 2) Es preferible que, aunque el gobierno puede ser más eficaz, las cosas las hagan los individuos, ya que incrementa su independencia, experiencia y conocimiento. 3) Es peligroso incrementar innecesariamente el poder del gobierno. Las burocracias adquieren tantas facultades que todo queda en sus manos. La verdadera obligación del Estado es estimular la actividad de sus ciudadanos y no hacer todo por ellas, pues a final de cuentas, como dice Stuart Mill: “El valor de un Estado, a la larga, es el valor  de los individuos que lo constituyen”[1].

Stuart Mill toca muchos aspectos de suma importancia en el México actual, aspectos todos largos de abordar. Me enfoco en uno de ellos, relacionado con la libertad de actuar y el poder sobre sí que tiene un individuo. Se puede hacer un análisis interesante sobre el tema en nuestro país, sobre todo tomando en cuenta la “guerra contra el narcotráfico” y la reciente aprobación de la marihuana recreativa en algunos estados de EEUU. ¿Hasta qué punto el individuo tiene la responsabilidad en el consumo de drogas y el Estado el derecho de impedirlo? ¿Es realmente un asunto de salud pública o sólo se argumenta esto con el fin de tener más controles sobre los ciudadanos? Tal vez una posible respuesta y solución a este problema esté, como muchos han dicho, en la educación. ¿Son educados los individuos para realmente ser libres y tener el control total de sus decisiones así como asumir responsabilidades? Habría que analizar entonces la educación que recibimos, si ha funcionado, por qué sí y por qué no; ¿realmente tiene el objetivo de educar a los ciudadanos para ser libres y responsables o, como argumenta Mill, el resultado de la intervención y el control del Estado sobre ésta no ha sido sino nocivo? ¿Habría entonces qué quitarle, en el México actual, el control de la educación al Estado y transferirlo a los individuos para que cada cual decida qué educación quiere recibir? Me resulta interesante la opinión de Mill en un contexto en donde algunos sectores defienden a ultranza, aunque ya planteado desde tiempos de Aristóteles, la educación pública. Tal vez sería bueno y útil poner en práctica este punto en Mill, pues a final de cuentas él no exige que el Estado se desentienda del tema, sino todo lo contrario pues el Estado deberá exigir y apoyar la educación sus ciudadanos. Es probable que un cambio en la educación de estos repercuta en la forma en que se gobiernen a sí mismos, en que conozcan sus libertades y deberes y sean capaces de exigir y limitar el poder que el Estado quiera imponer sobre ellos. Me quedo, sin embargo, con más preguntas que respuestas.

Bibliografía:
Stuart Mill, John, Ensayo sobre la libertad, Barcelona, Ediciones Brontes, 2011, 125 pp.

Tomado de: http://javiersanchezcarbajal.blogspot.com/2012/11/ensayo-sobre-la-libertad-de-john-stuart.html

COMPRENSION DE LA LECTURA. Luis Gonzáles O' Donnell. Trillas


ANTOLOGIA. Gamaliel Churata


GAMALIEL CHURATA: ESE “BÁRBARO” DE LA CULTURA LATINOAMERICANA (1)

Elizabeth Monasterios
University of Pittsburgh

             Referirse a un escritor con el adjetivo de “bárbaro” podría parecer arbitrario, pero en el caso de Churata esa adjetivización resulta más bien productiva. Indica que vamos a hablar de alguien que además de percibirse a sí mismo como “bárbaro”, entendió el proceso cultural americano desde perspectivas que, en sus propias palabras, no podían “ser asimiladas por el cerebro del civilizado, pues vienen de sus elementos antipódicos y bárbaros, que por fortuna viven aún en la naturaleza humana” (El pez de oro 325).(2)Implícito en este manifiesto queda un cuestionamiento al pensamiento de la modernidad en cuanto constructo responsable de que en América Latina la noción de “barbarie” haya quedado racializada étnicamente y desvinculada del circuito de la “cultura” y la “civilización”. Este trabajo quiere ser una invitación a pensar los desafíos estéticos y epistemológicos de un “bárbaro” de la cultura latinoamericana que en la edad de las vanguardias lideró una contramarcha cultural con capacidad de llevar a terreno estético formas culturales ajenas al “espíritu” del arte occidental y por tanto confinadas al ámbito del folklore, la artesanía, el arte popular, la barbarie...
            Antes de abordar el trabajo de Churata conviene establecer que entramos a dialogar con un escritor nacido a fines del siglo XIX (1897-1969) que está pensando desde un americanismo anti-hispanista y anti-colonialista nutrido de epistemología andina y sensibilidad vanguardista. Su lenguaje, por tanto, es complejo, abigarrado, porfiadamente irreverente.  Por una parte actualiza expresiones hoy en desuso pero de gran actualidad durante las primeras décadas del siglo XX: para referirse a América Latina recurre al vocablo “América” a secas; a los nacidos en ese territorio identifica con la expresión genérica de “hombre americano”; a España le llama “Castilla”, etc. Por otra parte, interpela la autoridad epistemológica de Occidente, de la antigüedad clásica, la tradición hispánica y bíblica, obligando al lector a problematizar la universalidad de esos paradigmas con la irrupción de categorías culturales y lingüísticas provenientes de las culturas aymara y quechua.  El resultado es un discurso conceptualmente inédito, que se traduce en pesadilla para el lector de mediados de siglo XX y enorme desafío para el del XXI.  He de citar un fragmento de El pez de oro para ilustrar estas apreciaciones. Está tomado de uno de los primeros capítulos del libro, precisamente titulado “El pez de oro” y hace referencia al momento en que el protagonista, mestizo hijo de india por línea materna y de hidalgo venido a menos por línea paterna, se enfrenta a su “caos”:

La embriaguez que late y destroza la entraña me dice que en mi caos está coagulando el oro. Solitario en mi tumulto he pasado desde la madrugada en las cumbres de este herraje de montañas, erizado de roquedos, de espinal, de nidos de khisimiras y de urpilas, de punzadores hichus; batido por los vientos; confidente del cielo-lago y del lago-cielo... A cada paso chullpas, chullpas, y chullpas. Allí los hombres que crearon el mundo; allí los que me amaron un día; allí los abuelos y tatarabuelos remotos de mi madre. Aquí del uchukhaspa, del allkamari, del lluthu. Aquí retorné sociedad con ellos, los seguí a sus acérrimos nidales, perseguí sus fugitivas galerías, descubrí el rastro de sus alas en las nubes. Allí a gritos reproché a los Achachilas el tardío reencuentro. (El pez de oro 238-239. Mi énfasis)

            Estas provocaciones, que la intelectualidad de la época percibió como “bárbaras”, están plenamente elaboradas en ese trabajo monumental que es El pez de oro. Retablos del Laykhakuy, publicado por primera vez en La Paz el año 1957 y recientemente reeditado por la editorial Cátedra, bajo el cuidado de Helena UsandizagaEn este libro, Churata se lanza al desafío de pensar América Latina fuera de la razón moderna y fuera de los valores universales. No siempre lo logra, no siempre convence, pero el potencial teórico de sus formulaciones y la coherencia con que interpela dos ejes matrices del pensamiento occidental (la síntesis hegeliana y el dualismo platónico), lo convierten en un libro imprescindible para dialogar con la complejidad de los procesos culturales y literarios latinoamericanos. Años de fecundo activismo cultural en distintos sitios del Sur andino (Puno, Potosí, La Paz) le enseñaron que el ritmo interno de ese Sur poseía una lógica propia con capacidad de intervenir tanto en asuntos de estética como en debates de ética y de política. Ese aprendizaje lo llevó a ensayar una de las primeras reflexiones de estética andina, diseminada a lo largo de toda su obra, pero particularmente expresada en uno de los capítulos iniciales de El pez de oro, subtitulado “Germinación como estética”.
            Se trata de una reflexión que se construye en diálogo crítico con el dualismo fundador de la razón occidental, expresado en la distinción que hizo Platón entre el mundo material de las apariencias(siempre cambiante y sometido a la percepción particular) y el mundo inteligible, verdadero e ideal de las Ideas, que además de eternas, son universales y jerárquicas, siendo la más elevada la Idea del Bien, seguida por la de Belleza, Justicia, Virtud, etc. En terreno estético, Platón resolvía ese dualismo ontológico (que sentó las bases de la metafísica) en la acción del demiurgo, que poseedor de la Idea de lo Bello, se encarga de llevarla a la materia o de lograr que ésta la imite. El reencuentro de Churata con la hermosura del Altiplano andino  (expresada, por ejemplo en el azul del Titikaka, la inmensidad de hallpa-kamaska, la tierra animada, y la convivencia de los seres humanos con las khisimiras, urpilas, hichus,uchukhaspas, allkamaris, lluthus y chullpas que componen el paisaje andino) le indicaba que la Idea de lo Bello no era, no podía ser, una Idea universal. En el Sur andino la hermosura no era unaabstracción. Era el fruto de toda una comunidad que germinaba en contacto con la tierra animada. Era germinación.
            Llama la atención que para referirse a la disciplina que habla de lo bello, Churata antepone un verbo de acción (germinación) que le permite vincular la zona del intelecto con las zonas de reproducción de la vida. Postula Churata que es en el “rebrote de la vida”, en la germinación, donde se expresa la hermosura, y que no existe momento más “germinal” que el  marcado por el grito de laswawas cuando nacen.  Ese “primer burbujeo” emparenta a la wawaa la entraña de la que ha nacido y a la potencia estética que de ella deriva.  Propone Churata que nunca es más conmovedora la belleza que cuando su creador la forja aferrado(a) al ñuño (mama) que le dio vida, a la tierra animada, a la Mama Pacha. De esta observación deriva un concepto de belleza que al separarse de la dinámica platónica desestabilizaba la universalidad del arte occidental. Aquí la belleza (que Churata prefiere llamar “hermosura”) no es algo que se da, no es una Idea con valor universal, tampoco una abstracción a la que hay que llegar o a la que hay que imitar.  Aquí la hermosura se engendra, se esculpe con sexo, su forma de ser es el parto.
            Lo sorprendente es que Churata no está pensando su teoría de la “Germinación como estética” como privativa de las culturas andinas.  Al contrario, propone que “nadie engendra fuera de sí mismo”, y como caso ejemplar menciona al Greco, señalando que únicamente amarrado al ñuño de Castilla pudo haber parido El Entierro del Conde de Orgaz. ¿Algo más español?  Ni Loyola, ni Felipe II (El pez de oro 37-38). Y ya que “nadie engendra fuera de sí mismo”, la diferencia entre un Greco y una hermosura andina habrá que buscarla en las honduras del “ego” hispano y el “ego” andino, entendiendo por “ego” no una reducción esencialista a la propia vida, sino más bien una posibilidad de constitución intersubjetiva. El mismo Churata nos ayuda a emprender esa búsqueda:   

Cosa averiguada [es] que nadie engendra fuera de sí mismo, en comandita o segunda persona. Mas, por razones que miran a los factores sociales que concurren a la formación de los idiomas andinos, podría estimarse que el “ego” latino, no es el inkásiko, que es ego colectivo. Por lo que es forzoso que para ser “americana” la Literatura Americana, comience por mostrarnos en sí el tumulto del pueblo de que es fruto y el punto lácteo del hombre. (El pez de oro 216. Mi énfasis)

         Ahora entendemos que esos rostros enjutos, estoicos e individualizados que admiramos en El Entierro del Conde de Orgaz  son España porque interpretan a cabalidad el “ego” hispano del siglo XVI, fruto del estoicismo de Séneca y la conciencia individualista renacentista. Si la grandeza  de  El Greco estriba en haber captado magistralmente el “ego”  del  pueblo del que era hijo, la percepción que Churata  tuvo  del  proceso  estético es válida:  cuando mejor  se  expresa  la  belleza  es  cuando  interpreta  la sensibilidad de su pueblo,  de  su  “ego”.  La crítica que Churata le hace a  los  artistas y escritores de su época es que con contadas excepciones (Guamán en el siglo XVI, Jorge Icaza, José María Arguedas, Cardoza Aragón en el XX), pretenden producir belleza, arte, y literatura, aferrados a egos extranjeros. Contra estos “histéricos fuera de sí” articula una contra-marcha cultural que a la que denomina “vanguardismo del Titikaka”. No tengo tiempo paradetenerme a comentar esta intervención vanguardista, que en opinión de Luis Alberto Sánchez fue “el hecho más curioso e insólito de la literatura del Perú” (citado en El pez de oro 19).  Me limitaré a una discusión muy general de sus coordenadas estéticas.
            Estamos ante un vanguardismo que desmarcándose de los ismos, buscó expresar el “ego” andino, entendiendo que se trataba de un “ego” distinto al hispano (sin que “distinto” conlleve la insinuación de “mejor”).  Ni enjuto, ni estoico, ni individualizado. El “ego” andino, en opinión de Churata, tendía a ser colectivo, orgánico y definitivamente no antropocéntrico, porque tenía una clara conciencia de igualdad entre la Tierra animada, los seres humanos y los animales que la cohabitan. Es importante anotar que estas consideraciones estéticas no se enunciaron independientemente de una práctica artística. Más bien fueron resultado de ella.  En gran medida, la estética de Churata fue pensada en respuesta a un poemario de Alejandro Peralta titulado "Ande" y publicado en 1926, el mismo año de la aparición del Boletín Titikaka, cuyos primeros números están precisamente dedicados a difundir y promover la diferencia vanguardista que irradiaba la poesía de Peralta. Todos los poemas de Ande contribuyen a esa diferencia, pero hay uno que destaca por la eficacia con que la construye. Me refiero al poema que inaugura el libro, y que a pesar de su título convencional e indigenista (“La pastora florida”), parece haber sido pensado para provocar una “teoría de la germinación como estética”.  Reproduzco el poema en su integridad:

La pastora florida:
            1   Los ojos golondrinos de la Antuca
            2   se van a brincos sobre las quinuas
            3   Un cielo de petróleo hecha a volar 100 globos de humo
            4   Picoteando el aire caramelo
            5   evoluciona una cuadrilla
            6   de aviones orfeonidas [hijos de Orfeo]
            7   Hacia las basílicas rojas
            8   sube el sol a rezar el novenario
            9   Sale el lago a mirar las sementeras
            10  El croar de las ranas se punza en las espigas
            11  Los ojos de la Antuca
            12  se empolvan al pasar por los galpones
            13  Ha guturado la campana
            14  el asma tatarabuela del pueblo
            15  Din Don Dilin Dooon
            16  -como tijeras de trasquila
            17  se han hundido en el vellón de las ovejas
            18  Pobre Antuquita
            19  Todo el día detrás de la majada
            20  Hecha un ovillo sobre las piedras
            21  se ha ido tan lejos
            22  Se va a quedar en media pampa
            23  acorralada entre los cerros
            24  El barro de los fangos
            25  ha ensuciado el camino bengala de sus ojos
            26  Para qué habrá ido sola al pastoreo
            27  con tantos duraznos abridores
            28  i las caderas reventonas
            29  Tiene la boca llena de tierra quemante
            30  Un kelluncho [jilguero] le brinca sobre las parietales
            31  Bajo un kolli [árbol] pordiosero
            32  ha hecho acrobacias locas con el Silvico
            33  en el trapecio de sus nervios
            34  I SE HAN SAJADO LAS CARNES
            35  I HAN HECHO CANTAR LA HONDA
            36  Los ojos golondrinos de la Antuca
            37   se van
            38   planeando
            39   por las cabañas...

            En una sola estrofa de 39 versos liberados de versificación castellana, reglas ortográficas y signos de puntuación, “La pastora florida” nos obsequia la experiencia inédita de leer un poema en el que los protagonistas del “ego” andino (una imilla, el sol, el Titikaka, unas ranas que cantan y unas ovejas que pastan) conviven con la estética vanguardista como si esa convivencia fuera natural.  Las imágenes y metáforas iniciales, a primera vista simples, se tornan difíciles de leer precisamente por el tratamiento étnico a que es sometida una estética que, como la vanguardista, está pensada para dar cuenta de significantes urbanos y metropolitanos. No sabemos cómo absorber la imagen de unos ojos de imilla brincando sobre sementeras de quinua, en medio de un “aire caramelo” y bajo un cielo rayado con “aviones orfeonidas”.  La Antuca en cambio no parece incómoda moviéndose en un espacio que al lector le parece inconcebible. Para ella nada resulta inverosímil. Está acostumbrada a moverse en medio de desarreglos semánticos que convierten su experiencia del mundo en una experiencia abigarrada: porfiadamente vinculada a referentes locales, pero al mismo tiempo atrapada en una dinámica desterritorializadora responsable de que hasta el “sol” haya cedido al mito cristiano y esté ahora rezando un novenario: Hacia las basílicas rojas / sube el sol a rezar el novenario (versos 7 y 8).
            El triunfo evangelizador, sin embargo, no parece definitivo. Su llamado (el din don del campanario que convoca a los feligreses) es percibido como gutural, destemplado, cortante como inútiles tijeras tratando de surcar el tupido vellón de las ovejas (versos15-17). Claramente, la retórica evangelizadora ha empezado a perder convocatoria, y hay que seguir leyendo para entender a dónde nos quieren llevar estos versos.      
            A partir del verso 18 el poema se torna oscuro. Advertimos que algo grave está a punto de suceder. La Antuca se interna en parajes solitarios propensos a peligros que la narrativa indigenista había convertido en lugar común: la violación de indias por acción de gamonales y terratenientes. Dispuestos a un déjà vu, entramos con displicencia a los últimos versos del poema, anticipando la violación de la Antuca y algún tipo de tragedia final.  Con asombro descubrimos que habíamos equivocado el juicio. Los últimos versos del poema nos dejan pasmados por su novedad:  

29  Tiene la boca llena de tierra quemante
30  Un kelluncho [jilguero] le brinca sobre las parietales
31  Bajo un kolli [árbol] pordiosero
32  ha hecho acrobacias locas con el Silvico
33  en el trapecio de sus nervios
34  I SE HAN BAJADO LAS CARNES
35  I HAN HECHO CANTAR LA HONDA
36  Los ojos golondrinos de la Antuca
37  se van
38  planeando
39  por las cabañas...

            Ninguna violación, ninguna tragedia al estilo Raza de bronceHuasipungo destilan estos versos. Todo lo contrario, el poema nos enfrenta a una erótica cuyos protagonistas son una pareja de indios enamorados. Ella, protagonista de “acrobacias locas”. Él, amante dispuesto al “trapecio de los nervios”.  Juntos, un auténtico peligro, porque en ese trapecio la erótica se encuentra con la política y, en comunidad, “hacen cantar la honda”, esa milenaria arma indígena que en manos amaristas o kataristas desató ciclos rebeldes que más de una vez hicieron tambalear al virreinato y a la República.  Rápidamente, en verso breve, el poema concluye como empezó: con los ojos golondrinos de la Antuca, pero ahora esos ojos ya no “se van a brincos sobre las quinuas”, sino planeando como loco aeroplano, revoloteando, inventando acrobacias peligrosas, pero también planeando rebeliones bárbaras, horribles hermosuras en germinación. Comprender que la fuerza creativa de la poética  podía  transar  con  la potencia subversiva de una política plebeya y de una epistemología bárbara, llevó a Churata a proponer esa teoría de la “Germinación como estética” que mi trabajo ha intentado exponer.  Con esa “estética” habría que ensayar nuevas lecturas  del  escándalo semántico que obsequia la portada de la primera edición de El pez de oro, tan incomprendida y vilipendiada en el momento de su publicación. Se trata de una ocasión única para visualizar a los personajes churatianos en plena performatividad lacustre: el Khori-Challwa, el Khori-Puma, la Sirena del Titikaka, el Titikaka con todos sus peces, y en medio de todos, enorme, concluyente, la horrible hermosura de Thumos, el perro que fue hombre, el hombre que se humanizó en la bestia y, con ese gestobárbaro, inscribió la voluntad de conocer una experiencia civilizatoria distinta a la occidental:
                       
Thumos me introdujo al respeto de la bestia; y nó porque en él
identificara el alma platónica del animal, sino porque en él
descubrí una humanidad libre de las deshumanidades del hombre.

                                                             (El pez de oro, 377).

Notas:

(1)   Este texto fue leído en el Congreso de LASA 2013-Washington, en el marco de un panel dedicado a Gamaliel Churata.  Marco Thomas Bosshard, Meritxell Hernando Marsal y Ulises Zevallos formaron parte del panel, y la profesora Vicky Unruh estuvo a cargo de los comentarios.
(2)   Todas las citas de El pez de oro están tomadas de la primera edición.

Bibliografía:

Churata, Gamaliel. El pez de oro. Retablos del Laykhakuy. La Paz: Canata, 1957. (Reeditado en            dos volúmenes, Lima: CORDEPUNO, 1987; Cátedra, 2012).

El Greco. (Domenikos Theotokopoulos)El Entierro del Conde de OrgazOleo. Museo del       Prado, Madrid. 1586–1588.

Platon. Diálogos. 24ava edición. Estudio preliminar de Francisco Larroyo. México: Editorial     Porrúa. Colección “Sepan Cuantos” N° 13, 1966.

REDACCION GENERAL. Manual


PROBLEMAS TEORICOS Y PRACTICOS DE LA PLANIFICACION. Charles Bettelheim



El economismo y el idealismo histórico en la obra de Charles Bettelheim

 
“A continuación se presenta la traducción de un capítulo del libro de Claude Varlet: “Crítica de Bettelheim, I, La Revolución de Octubre y la lucha de clases en la URSS”, escrito en 1978. …Es un deber de los marxista-leninistas desenmascarar ciertas corrientes académicas pequeñoburgueses que pretenden adoptar un punto de vista marxista-leninista, cuando en realidad introducen puntos de vista ideológicos ajenos. 
 
Una de las principales críticas de Bettelheim a la Unión Soviética es que ésta siguió la economista “teoría de las fuerzas productivas”. Ahí Bettelheim no hace ninguna distinción de principio entre el período de la construcción socialista bajo Stalin y el período de la dominación revisionista burguesa bajo Jruschov y sus sucesores. En particular, critica a la Unión Soviética, por lo menos desde la década de 1930, por considerar como principal el desarrollo de las fuerzas productivas.
 
Varlet critica tanto el economismo de la teoría de las fuerzas productivas como el idealismo de la crítica de Bettelheim a esa teoría. Para aportar a la crítica de Varlet, debemos examinar la crítica de Stalin a Yaroshenko en “Problemas económicos del socialismo en la URSS”, escrito en 1952. Yaroshenko había planteado una versión más cruda de la teoría de las fuerzas productivas. Stalin respondió:
 
“El principal error del camarada Yaroshenko consiste en que aparta del marxismo en la cuestión relativa al papel de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción en el desarrollo de la sociedad: exagera desmesuradamente el papel de las fuerzas productivas, subestima, también desmesuradamente, el papel de las relaciones de producción y acaba declarando que en el socialismo las relaciones de producción son parte integrante de las fuerzas productivas”. 

Debe quedar claro que Stalin no fue defensor de la teoría de las fuerzas productivas y que en realidad luchó contra ella hasta los últimos días de su vida.
 

En la misma sección de esa obra, Stalin también expuso sus puntos de vista sobre las bases materiales necesarias para la transición al comunismo. Sin embargo, este es un tema para una discusión diferente. Instamos a los lectores a examinar la obra de Stalin por sí mismos…”
George Gruenthal
 
 
El economismo y el idealismo histórico
en la obra de Charles Bettelheim
Claude Varlet
(1978) 


Según Bettelheim, el economismo es la característica esencial del “marxismo congelado”. Por tanto, es necesario examinar la crítica que Bettelheim hace al economismo, a fin de demostrar que, bajo el pretexto de criticar la teoría de las fuerzas productivas, nuestro eminente teórico ha sustituido el materialismo histórico con el idealismo histórico. 
 
Bettelheim comienza dando una definición original del economismo: “...el término ‘economismo’ fue utilizado por Lenin para caracterizar críticamente una concepción del marxismo que pretende reducirla a una mera ‘teoría económica’, mediante el cual se pueden interpretar todos los cambios sociales”. (1)
 
Esta definición es absolutamente notable, ya que no expone la verdadera esencia del economismo ni muestra su carácter contrarrevolucionario. El economismo, que tiene su expresión concentrada en la teoría de las fuerzas productivas, no reduce el marxismo a “una mera teoría económica”, sino que presenta el desarrollo de la sociedad como el resultado exclusivo, natural y espontáneo del desarrollo de las fuerzas productivas, y en particular del desarrollo de los medios de producción. Por lo tanto, distorsiona groseramente las relaciones que existen entre lo objetivo y lo subjetivo, la revolución y la producción, la superestructura y la base económica, las relaciones de producción y las fuerzas productivas. Esta distorsión vulgar de la concepción materialista de la historia es el fundamento del culto de la espontaneidad. En esencia, la teoría de las fuerzas productivas se opone a que el proletariado haga la revolución: está dirigida contra la revolución proletaria y la dictadura del proletariado. Esta es la base lógica de todo oportunismo. 
 
Veamos ahora a la crítica que Bettelheim hace del economismo. Consta de los siguientes puntos: la base y la superestructura, la base material de la lucha de clases, y el papel del factor subjetivo en la historia. 
 
Bettelheim critica la siguiente tesis de Stalin tomada de “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico”: 
 
“Al principio, cambian y se desarrollan las fuerzas productivas de la sociedad y luego, en dependencia con estos cambios y en consonancia con ellos, cambian las relaciones de producción entre los hombres, sus relaciones económicas.” (2)

Esta es la crítica que hace Bettelheim:

“La tesis formulada de este modo no niega el papel de la lucha de clases –en la medida en que existe una sociedad en que las clases antagónicas se enfrentan entre sí– pero relega 
ésta a un nivel secundario: la lucha de clases interviene fundamentalmente con el fin de destruir las relaciones de producción que impiden el desarrollo de las fuerzas productivas, generando así nuevas relaciones de producción que se ajustan a las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas.” (3) 

Bettelheim está confundiendo las cosas: Stalin no niega el papel de la lucha de clases ni la relega a un nivel de secundario, por la sencilla razón de que, en el pasaje citado, no se examina el papel de la lucha de clases en la transformación de las relaciones de producción, sino la unidad dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Más específicamente, Stalin está exponiendo correctamente la ley descubierta por Marx sobre la necesaria correspondencia entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas – ley que fue enunciada magníficamente en el “Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política”(4). Stalin estaría negando el papel de la lucha de clases, o relegándole a un nivel secundario, si afirmara que las fuerzas productivas altamente desarrolladas, de forma automática y espontáneamente, engendran un nuevo sistema social, que el paso de las viejas a las nuevas relaciones de producción no se producen de manera revolucionaria mediante la destrucción de las viejas relaciones de producción y el derrocamiento de la clase dominante que las personifica. Pero, por el contrario, Stalin, en “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico”, critica la teoría revisionista de las fuerzas productivas y demuestra que es la revolución la que libera las fuerzas productivas de la sociedad. Más que eso. Bettelheim afirma que Stalin está “relegando la lucha de clases a un nivel secundario” al considerar que “interviene esencialmente con el fin de aplastar las relaciones de producción que impiden el desarrollo de las fuerzas productivas, generando así nuevas relaciones de producción que se ajustan a las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas”. Me gustaría hacer algunas preguntas al profesor Bettelheim: ¿la lucha revolucionaria del Tercer Estado no tuvo como objetivo destruir las relaciones feudales de producción que eran un yugo sobre las nuevas fuerzas productivas y establecer nuevas relaciones de producción, capitalistas, que correspondían mejor al desarrollo de las fuerzas productivas e impulsaban su desarrollo? ¿El proletariado, que está vinculado a las fuerzas productivas más modernas, no lucha por romper las relaciones capitalistas de producción personificada por la burguesía y lograr que la forma de apropiación corresponda al carácter social de las fuerzas productivas? Después de la revolución socialista, cuando las relaciones de producción y las fuerzas productivas están en consonancia (este es el aspecto fundamental) y en contradicción, ¿el proletariado no lucha implacablemente para transformar las partes de las relaciones de producción que no corresponden a las fuerzas productivas? Si Bettelheim da una respuesta negativa a estas preguntas es porque niega que la lucha de clases sea la cristalización de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, y rechaza la ley de la necesaria correspondencia entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas. Este desafío no es nuevo, ya en “La transición a la economía socialista”, Bettelheim formuló “la ley de la necesaria correspondencia o no correspondencia entre las relaciones de producción y el carácter de las fuerzas productivas”. Es decir,las fuerzas productivas y las relaciones de producción se corresponden o no se corresponden. De este modo, Bettelheim niega que, como regla general, las fuerzas productivas desempeñan el papel principal y decisivo, ya que son el elemento más revolucionario y más dinámico, y que el desarrollo y el cambio de las relaciones de producción seguirán, tarde o temprano, al desarrollo y a la transformación de las fuerzas productivas. Esto no quiere decir que las relaciones de producción se sometan pasivamente a las exigencias del desarrollo de las fuerzas productivas, sino que las relaciones de producción frenan o impulsan el desarrollo de las fuerzas productivas y, en determinadas condiciones, juegan un papel decisivo. 


En la “Carta a Mao”, dirigida a la revista italiana Il Manifesto en 1971, Bettelheim escribió que Mao Tsetung “desafía cierta concepción de las relaciones entre la base económica y la superestructura política e ideológica. En 1968, Yves Duroux criticó dicha concepción, definiéndola como ‘el modelo casero’. De hecho, este modelo no es más que una metáfora que ha permitido (y permite) encontrar algunos instrumentos de análisis y ponerlos en orden; en ese aspecto, es útil. Pero no tiene ningún fundamento ni significado teórico, y, cuando uno trata de hacer que funcione teóricamente, sólo puede tener consecuencias ideológicas peligrosas. Uno de estos peligros relacionados con el uso seudo-teórico de este modelo, así como de las relaciones de dependencia y autonomía que evoca entre la base y la superestructura, es que presupone la existencia de una base animada por su propia dinámica, que surge contra la resistencia de la superestructura que existe independientemente de la base.” 
 
Bettelheim aquí distorsiona la concepción materialista dialéctica de las relaciones entre la base y la superestructura. Bajo el pretexto de que la base económica no puede existir sin la superestructura y que esta última, en cambio actúa sobre la base, Bettelheim niega que, en general, la base económica juega el papel esencial y determinante, que la naturaleza de la base económica determina la de la superestructura. Esta tesis materialista es la que Marx explicó brillantemente en su “Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política”:
 
“El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. [...] Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella.” (5) 
 
Además, es una falsedad afirmar que Mao Tsetung fue el que descubrió que la superestructura no es un producto pasivo de la base, que tiene una independencia relativa y a su vez actúa sobre la base, y que, en determinadas condiciones, puede desempeñar un papel decisivo sobre la base económica. De hecho, Engels, en los últimos años de su vida, explicó cómo se debe entender y aplicar la teoría del materialismo histórico, criticando el materialismo vulgar y destacando el papel del factor subjetivo. Las cartas a J. Bloch, C. Schmidt y H. Starkenburg (6) explican correctamente las relaciones entre la base y la superestructura, y entre lo objetivo y lo subjetivo, y son una inmensa contribución al desarrollo del materialismo histórico. Lenin también arrojó luz sobre el enorme efecto estimulante que desempeña la transformación de la superestructura en el desarrollo de la base económica del socialismo. Refutando los argumentos del menchevique N. Sujánov, que afirmaba que Rusia no estaba preparada para el socialismo, Lenin resaltó que éste no sabía absolutamente nada acerca de la dialéctica revolucionaria del marxismo, y declaró: 
 
“Si para crear el socialismo se exige un determinado nivel cultural… ¿por qué, pues, no podemos comenzar primero por la conquista revolucionaria de las premisas para este determinado nivel, y lanzarnos luego, respaldados con el poder obrero y campesino y con el régimen soviético, a alcanzar a otros pueblos?” (7) 
 
Si bien no descubrió el papel activo que desempeña la superestructura (*), Mao Tsetung por lo menos ayudó a desarrollar la ciencia marxista-leninista, al hacer una evaluación de la experiencia práctica desde la Revolución de Octubre y al analizar en detalle la superestructura de la sociedad socialista y la unidad dialéctica que forma con la base económica. En “Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo”, explica que en la sociedad socialista se mantiene la contradicción entre la superestructura y la base económica, pero que, por su carácter, se distingue fundamentalmente de la contradicción entre la base y la superestructura en la vieja sociedad: 
 
“Este fenómeno de consonancia y contradicción simultaneas, además de darse entre las relaciones de producción y el desarrollo de las fuerzas productivas, se presenta también entre la superestructura y la base económica. La superestructura –el sistema estatal y las leyes de la dictadura democrática popular, así como la ideología socialista guiada por el marxismo-leninismo– desempeña un positivo papel impulsor para la victoria de las transformaciones socialistas y el establecimiento de la organización socialista del trabajo en nuestro país; ella está en consonancia con la base económica socialista, es decir, con las relaciones de producción socialistas. Pero, a su vez, la existencia de la ideología burguesa, cierto estilo burocrático en nuestros organismos estatales y las deficiencias en algunos eslabones del sistema estatal, están en contradicción con la base económica socialista.” (8) 
 
Este es un análisis muy penetrante, que muestra la necesidad de que el proletariado continúe la revolución en la superestructura con el fin de consolidar la base económica socialista.
 
Bettelheim analiza la base material de la lucha de clases de la siguiente manera: “Dado que el economismo define el desarrollo de las fuerzas productivas como el motor de la historia, uno de sus efectos principales es representar la lucha política entre las clases como consecuencia directa e inmediata de las contradicciones económicas. Por lo tanto, se supone que estas últimas son capaces por sí mismas de ‘generar’ los cambios sociales y, ‘cuando haya llegado el momento’, las luchas revolucionarias. La clase obrera aparece así empujada espontáneamente hacia la revolución (por lo tanto, no es necesario formar un partido proletario).” (9) 
 
Al afirmar que la lucha de clases no es el producto de las “contradicciones económicas”, Bettelheim niega que la lucha de clases sea la manifestación de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Esto le lleva a la necesidad de sostener que la lucha de clases cae del cielo. De esta forma, adopta el punto de vista opuesto a la enseñanza del marxismo-leninismo que dice: La contradicción entre producción social y apropiación capitalista se manifiesta como contraposición de proletariado y burguesía.” (10) 
 
Al negar que la contradicción fundamental de la sociedad capitalista, la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la propiedad, se manifiesta en las relaciones de clase, en la contradicción entre la burguesía y el proletariado, Bettelheim suprime toda la base material de la lucha entre las dos clases fundamentales de la sociedad burguesa y, al mismo tiempo, niega que el socialismo sea una necesidad histórica objetiva, independiente de la voluntad del hombre. Esta concepción idealista de la historia conduce a Bettelheim a quedar atrapado en un dilema absurdo: o bien la clase obrera es empujada espontáneamente hacia la revolución, y entonces no es necesario formar un partido proletario, o es necesario formar un partido proletario y la clase trabajadora entonces no es empujada de forma espontánea hacia la revolución. Es un dilema absurdo, ya que las dos proposiciones contrarias –una de las cuales debe elegir el lector– son igualmente falsas. Si la clase obrera no es empujada espontáneamente hacia la revolución, la actividad de los comunistas para elevar al proletariado a la conciencia de su lugar en la sociedad capitalista, de sus intereses de clase y de su misión histórica, no tiene una base objetiva y está inevitablemente condenada al fracaso. Si es necesario formar un partido proletario capaz de dirigir todas las manifestaciones de la lucha de clase del proletariado, no es porque la clase obrera no sea empujada espontáneamente hacia la revolución, sino porque la clase obrera no está en condiciones, por sus propias fuerzas, de desarrollar la ideología socialista, el socialismo científico, y que por esta razón, el movimiento obrero espontáneo tiende inevitablemente a ser sometido a la ideología burguesa. Al quedar atrapado en este dilema absurdo, Bettelheim demuestra claramente que no entiende que, por su situación, el proletariado es empujado espontáneamente hacia la revolución, pero sin ser consciente de su situación, de su misión como sepulturero de la burguesía y de que su victoria es inevitable. Así, bajo el pretexto de que el proletariado no puede, por sí solo, tener conciencia marxista-leninista, Bettelheim niega que la lucha del proletariado contra la burguesía comience con su propia existencia y que esta lucha se dirige contra las relaciones de producción capitalistas y la dominación de la burguesía. Al igual que Bernstein y todos los revisionistas después de él, Bettelheim, al negar que la lucha de clases del proletariado tenga su fundamento en las insuperables contradicciones de la sociedad capitalista, extirpa toda la base material y objetiva de la teoría marxista-leninista de la revolución proletaria y la pone sobre una base idealista. 

La misma concepción idealista de la historia lleva a Bettelheim a sostener que es la dirección del partido del proletariado la que determina el carácter proletario de la revolución:
 
“Desde el punto de vista del contenido de clase de la revolución de Octubre y del régimen que resultó de ella, lo que es decisivo es el papel dirigente del partido bolchevique. 
 
Todas las revoluciones se deben a la acción decidida y al heroísmo de las masas, y, en particular –cuando esta clase está presente–, de la clase obrera. Eso fue así en el caso de la revolución de Febrero de 1917, en el que las clases obreras de Petrogrado, Moscú y otras ciudades jugaron el papel decisivo, y sin embargo, esa revolución no condujo al establecimiento de un gobierno proletario. La Revolución de Octubre fue diferente a todas las revoluciones anteriores, con excepción de la Comuna de París, en virtud del hecho de que fue realizada bajo la guía de las ideas proletarias.” (11) 
 
Bettelheim recurre a la afirmación de que la revolución de Febrero no condujo al establecimiento de un gobierno proletario, porque no fue “realizado bajo la guía de las ideas proletarias”. En otras palabras, el carácter burgués o proletario de la revolución depende de la existencia o inexistencia de “la guía de las ideas proletarias”. Bettelheim así sustituye el marxismo-leninismo con el idealismo subjetivo. En efecto, el carácter de una revolución está determinado por el carácter de la sociedad en que se desarrolla, es decir, por la naturaleza de la(s) contradicción(es) fundamental(es) que caracteriza(n) a esa sociedad, que la revolución debe resolver. Es la naturaleza de la(s) contradicción(es) fundamental(es) la(s) que determina(n) cuáles son los objetivos, las tareas y las fuerzas motrices de la revolución. Veamos el análisis que Mao Tsetung realizó sobre el carácter de la revolución china: 
 
“Puesto que la sociedad china es colonial, semicolonial y semifeudal, que los enemigos principales de la revolución china son el imperialismo y las fuerzas feudales, que las tareas de la revolución china consisten en derrocar a estos dos enemigos principales por medio de una revolución nacional y democrática, que en esta revolución también la burguesía toma parte en ciertos períodos, y que, incluso cuando la gran burguesía traiciona a la revolución pasando a ser enemiga suya, el filo de la revolución sigue dirigido contra el imperialismo y el feudalismo y no contra el capitalismo y la propiedad privada capitalista en general, dado todo esto, la revolución china en la presente etapa no es, por su carácter, socialista proletaria, sino democrático-burguesa.” (12) 
 
Si se aplica el criterio establecido por Bettelheim a la revolución china, uno debe concluir que, desde 1927 hasta 1949, la revolución china, dado que fue dirigida por el proletariado y su partido, el PCCh, no fue democrático-nacional, sino una revolución proletaria. En realidad, el papel dirigente del proletariado y del PCCh de ninguna manera cambió el carácter de la revolución china en el período 1927-1949. Por el contrario, sin la dirección del proletariado, la revolución antifeudal y antiimperialista no podría haber alcanzado la victoria completa, coronada con el establecimiento de la República Popular de China en 1949, y no habría sido posible el paso ininterrumpido de la revolución china de la etapa democrática a la etapa socialista. Por lo tanto, Bettelheim se muestra incapaz de comprender, por una parte, la diferencia de contenido entre la revolución democrática (dirigida contra el imperialismo y el feudalismo) y la revolución socialista (dirigida contra el capitalismo), y, por otra, la diferencia y la conexión entre la revolución democrática burguesa dirigida por el proletariado (como la revolución de nueva democracia) y la revolución socialista. Finalmente, volvamos a las dos revoluciones rusas de 1917: la revolución de Febrero no se distingue, desde el punto de vista de su carácter, de la Revolución de Octubre, por el hecho de que el primero no fue dirigido por el partido bolchevique, sino porque su objetivo era derrocar al zarismo y la dominación de los terratenientes, y no al capitalismo. Al afirmar que es la dirección del partido proletario la que determina el carácter proletario de la revolución, Bettelheim sobreestima el papel del factor subjetivo, al que otorga un valor absoluto en la transformación de la realidad, y niega el papel de las condiciones objetivas y de la posibilidades reales de la situación. La absolutización del factor subjetivo conduce a Bettelheim hacia el idealismo. (**) 
 
Con el pretexto de criticar el “marxismo congelado”, Bettelheim abandona las posiciones del materialismo histórico, porque distorsiona la concepción marxista de las relaciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y entre la base y la superestructura, niega que la lucha de clases tiene su base en las contradicciones de la sociedad y, absolutiza el papel del factor subjetivo. En los siguientes capítulos veremos que el idealismo histórico y el materialismo vulgar se llevan bien juntos en los análisis que Bettelheim dedica a la transición socialista y la lucha de clases en la URSS. 
 
Notas

* Un detalle llama la atención: en la década de 1930, criticando el dogmatismo dentro del PCCh, Mao Tsetung demostró que, en general, lo objetivo, la práctica, las fuerzas productivas y la base económica, desempeñan el papel principal y determinante, pero que, en determinadas condiciones, lo subjetivo, la teoría, las relaciones de producción y la superestructura pueden desempeñar un papel decisivo. También hizo una exposición sistemática de la teoría marxista de las relaciones entre lo objetivo y lo subjetivo, la práctica y la teoría, las fuerzas productivas y relaciones de producción, la base económica y las relaciones de producción [es evidente que aquí se quiso decir “superestructura” – nota del traductor], subrayando lo que distingue el materialismo histórico del materialismo vulgar, pero, repito, él no descubrió el papel activo que desempeñan el factor subjetivo y la superestructura. 
 
** Y al aventurerismo en política: en varias ocasiones, Bettelheim avanza concepciones de tipo trotskista sobre el carácter de la revolución en las colonias y semicolonias. Para un análisis marxista-leninista de las relaciones entre los factores objetivos y subjetivos de la revolución, véase el artículo de Foto Cami: “Los factores objetivos y subjetivos en la revolución” (13) y también su informe: “La mayor transformación revolucionaria de la vida del país y algunas cuestiones de la teoría y la práctica del socialismo” (14). 
 
 Referencias
 
1) Bettelheim, Charles, Class Struggles in the USSR, First Period, 1917-1923, Monthly Review Press, Nueva York y Londres, 1976, p. 33, edición en inglés.

2) Stalin, José, Sobre el materialismo dialéctico e histórico, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1941.

3) Bettelheim, Charles, Class Struggles in the URSS, op. cit., p. 23, edición en inglés.

4) Marx, Karl, Preface and Introduction to A Contribution to the Critique of Political Economy, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1976, pp. 2-3, edición en inglés.

5) Ibíd., pp., 2-3.

6) Marx, Karl y Engels, Frederick, Etudes philosophiques, Ed. Sociales, 1977, pp. 236-259, edición francesa. Lettres sur le capital, Correspondances Marx-Engels, Ed. Sociales, 1964, pp. 410-412, edición francesa.

7) Lenin, Vladimir, Collected Works, Cuarta edición, Editorial Progreso, vol. 33, Nuestra Revolución, pp. 478-479.

8) Mao Tsetung, Obras Escogidas, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1977, vol. V, pp. 394-395, edición en inglés.

9) Bettelheim, Charles, Class Struggles in the URSS, op. cit., pp. 33-34, edición en inglés.

10) Engels, Frederick, Anti-Dühring, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1976, p. 349, edición en inglés.

11) Bettelheim, Charles, Class Struggles in the URSS, op. cit., p. 92, edición en inglés.

12) Mao Tsetung, Obras Escogidas, Lenguas Extranjeras, Pekín, 1967, vol. II, La revolución china y el Partido Comunista de China, p. 326, edición de inglés.

13) Albania Hoy, 1973, nº 1.

14) En “Some Questions Of Socialist Construction in Albania and of the Struggle Against Revisionism”, “Naim Frasheri” Publishing House, Tirana, 1971.
 

Cortesía: «Critique de Bettelheim I: La Revolution d'octobre et les luttes de clases en URSS», Nouveau Bureau d'edition, París, 1978. Traducido del francés por George Gruenthal.
 
Fuente: revolutionarydemocracy.org